Página 17 - El Impulso 04/08/2013

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literaria
Domingo 4 de agosto de 2013
Clasificados / Obituarios / Cultura
FORMACION
Sala Alternativa
Desde este lunes hasta el viernes se
realizará el taller
Un héroe cada día
con Jesús Pernalete Túa
C5
Lara recordó los 100 años de su fallecimiento
Egidio Montesinos, el maestro de occidente
Janette García Yépez
Pedro Rodríguez Rojas (*)
uando hablamos de tocuyanos ilustres
siempre repetimos los nombres de los más
conocidos a nivel nacional: Lisandro Alva-
rado, Gil Fortoul y Pío Tamayo. Sin embar-
go en más de una oportunidad no hemos
podido evitar dar respuesta a una pregun-
t a
que resulta inquietante: ¿ Quién ha sido el
tocuyano más importante? Dar respuesta no resulta
fácil, ni es tampoco el papel del historiador. Pero
cuando revisamos los luminosos años de finales
del siglo XIX y las primeras tres décadas del siglo
XX y nos asombramos con la riqueza intelectual
y científica de esta pequeña y aislada ciudad,
veremos que en todos esos años existen deno-
minadores comunes: La riqueza agrícola, la
histórica relumbrante de la ciudad, pero la
más evidente, la labor del Colegio Nacional
pero más aún del Colegio La Concordia de
Don Egidio Montesinos Canelón.
Ambas instituciones y fundamentalmente el
rol de Don Egidio le valieron a la ciudad de El
Tocuyo el nombre de “La Atenas de Occiden-
te” y a él “Maestro de Occidente”. Don Egidio
resume 64 años de la historia de la educación
occidental de Venezuela. Don Egidio fue el Pa-
dre intelectual de los que serían luego eminen-
tes abogados, médicos, religiosos, escritores y
científicos del país.
El Tocuyo como ciudad fundacional, fue cuna
también de las primeras instituciones educati-
vas, en un primer momento de carácter religioso
a través de los conventos de Nuestra Señora de los
Ángeles de los padres franciscanos y el de la Con-
cepción de los padres dominicanos. De El Tocuyo co-
lonial del siglo XVIII salieron hombres como Juan Pérez
Hurtado, quien habiendo recibido el título de Doctorado
Canónico se convierte en uno de los primeros rectores
de la Real y Pontifica Universidad de Caracas en 1744;
el tocuyano Don Tomás Gil de Yépez es el primer Doctor en
Leyes en Venezuela en el año 1757, el primer profesor de mú-
sica de la Universidad de Venezuela fue Francisco Pérez Camacho
en 1689 y así pudiéramos nombrar una larga lista de profesionales
nacidos de estos suelos, pero volvamos al surgimiento de la enseñanza
en El Tocuyo.
En 1815 es creada por Manuel Ramón Yépez la cátedra de latín que
la dirigió durante veinte años, hasta que fue creado en 1835 el Cole-
gio Nacional. En esta cátedra se formaron hombres como Ricardo Ovi-
dio Limardo, entre tantos otros. Esta Cátedra significó el puente entre la
educación religiosa colonial a la educación moderna que representaría el
Colegio Nacional y más aún el Colegio Concordia. El Colegio Nacional de
El Tocuyo fue el tercero a nivel nacional, decretado por el presidente Páez
el 21 de agosto de 1833, pero su instalación se produjo el 1 de mayo
de 1835, siendo su primer rector Tomás Francisco Borges y como vice-
rector el maestro de la cátedra de Latín Manuel Ramón Yépez. Entre sus
primeros ochos egresados destaca José Espíritu Santo Gil (Pelón Gil) pa-
dre del luego connotado historiador José Gil Fortoul. El Colegio Nacional
cuya permanencia en El Tocuyo es hasta 1869, cuando es trasladado a
Barquisimeto, se desarrolla en el contexto de la reforma educativa propi-
ciada por el doctor José María Vargas en la Universidad de Caracas, pero
expandiéndose a la educación secundaria.
Inicios de don Egidio:
de alumno a maestro
En este contexto de principios de la década del cuarenta del siglo pasa-
do inicia sus estudios Egidio Montesinos, nacido el 1º de septiembre de
1831. Y era hijo del prócer de la Independencia teniente coronel Pedro
Montesinos y de Francisca Canelón, de padre queda huérfano a la tem-
prana edad de 11 años, tuvo cinco hermanos quienes no gozaron de
ningún tipo de fortuna económica. Obtiene el título de bachiller en julio
de 1849 con calificaciones sobresalientes, lo que lo hizo acreedor, a partir
del 1º de octubre de ese mismo año, para el desempeño de la cátedra
de Filosofía en esa misma institución. Allí permanecerá durante 14 años
hasta el 13 de noviembre de 1863, después de haber ocupado los cargos
de administrador de las rentas y de vice-rector y junto a la filosofía regentó
las cátedras de urbanidad y buenas maneras, geografía e historia. Tanto a
José María Lucena como a Manuel Ramón Yépez los tuvo como maestros
y amigos, quienes le sembraron su amor a la docencia.
Como consecuencia de la guerra Federal, el Colegio Nacional fue seria-
mente afectado, lo que lo puso al borde de su clausura, que se dio defi-
nitivamente en 1869. Así decide Don Egidio adelantarse a los aconteci-
mientos y fundar el 15 de noviembre de 1863 el Colegio La Concordia.
El Colegio La Concordia
Hablar del Colegio La Concordia y de su fundador es casi hablar de una
misma identidad. El Colegio La Concordia fue, lo que fue Don Egidio no
sólo por ser su fundador y rector sino que este se convirtió en su propia
casa, allí se la pasaba desde el alba hasta llegada la noche.
Los primeros cursantes en el Colegio La Concordia tenían que graduarse
fuera, hasta que en 1873 le fue concedido por el Ejecutivo Nacional la
autorización de conferir el grado de bachiller, encontrándose entre los
primeros graduandos de 1877, su propio hijo Egidio Montesinos Agüero,
Jesús María Garmendia, Pablo Bujanda, Arístides Riera, Julio Olavarrieta,
Carlos Bujanda y Fernando Yépez. El Colegio La Concordia, a pesar de las
dificultades políticas del país y a la propia situación interna de El Tocuyo,
mantuvo sus puertas abiertas. En sus cincuenta años de existencia, Don
Egidio llegó a dar clases en todas las asignaturas que se impartían en
dicha institución.
Don Egidio había contraído matrimonio en 1854 con Eudoxia Agüero y de
los 58 años que duró este matrimonio tuvieron 12 hijos: Eudoxia, Egidio
Antonio, Adela, Mercedes, Rosario, Teodolinda, Pedro José, Ramón, Alci-
ra, José Antonio, Leonidas y Francisco.
Por el Colegio La Concordia pasaron 474 estudiantes y entre los más
destacados podemos mencionar a Lisandro Alvarado (médico) Ezequiel
Bujanda (abogado), José Gil Fortoul abogado), Hilario Luna y Luna (polí-
tico, poeta), Hipólito Lucena Morles (abogado), José María Lucena Morles
(sacerdote), José Gregorio Limardo (abogado), Ramón Pompilio Oropeza
(médico y educador), Federico Carmona (abogado, periodista), Carlos Yé-
pez Borges (abogado, poeta), Agustín Gil Gil (político, escritor) y ya en
el siglo XX, en sus últimas graduaciones, estudiarían su nieto Roberto
Montesinos, Vicencio Pérez Soto (militar, político), José Pío Tamayo (po-
lítico, poeta), entre otros tantos quienes, provenientes de diversas partes
del país, irían a formar en su mayoría puestos relevantes en el acontecer
nacional.
En demostración del apego del maestro con sus discípulos, citamos parte
de su discurso ante los graduandos de 1880;
“Siendo lanzados a las contrariedades del mundo, recibieras, los golpes
o favores de la voluble fortuna, recordad los días serenos y apacibles que
pasásteis en el seno de La Concordia; y unido a ese
grato recuerdo el de su humilde Director, decíos a
vosotros mismos, con la confianza y la seguridad
de una convicción interna, después de nuestros
padres, el es nuestro mejor amigo” .
Egidio Montesinos también dejó una obra escri-
ta, siempre relacionada con el centro de su vida:
La enseñanza. Entre ellas las
Reglas de Ortografía
(1872),
Tratado Elemental de Aritmética Práctica
(1873),
Tratado de las Propiedades de los Cuer-
pos
(1896). En 1880 son recopilados en un libro
artículos de él, publicados en los periódicos La Ca-
ridad y El Ateneo, con el título de
Consejo de un
Padre a sus hijos
. Una obra que encierra la esencia
del pensamiento de Don Egidio y que se convierte en
lectura obligatoria en las escuelas de la región. Otros
trabajos en la categoría del ensayo serían
El Tiempo y
la Envidia
, en homenaje al centenario de José María
Vargas en 1901, igualmente otro titulado
Don Andrés
Bello
también en su centenario. En 1880 escribe el
prólogo del primer libro de su alumno José Gil Fortoul,
La infancia de mi musa
.
Uno de los primeros homenajes públicos se lo hace en
1898 la Sociedad Recreativa y Progresiva de El Tocuyo, allí
fueron oradores los más importantes intelectuales que habían
pasado por sus enseñanzas, entre ellos Hilario Luna Luna, quien
describe a su maestro de la forma siguiente:
“Su figura gallarda la corona una cabeza de dios helénico y sus pla-
teados cabellos peinados hacia tras, dejan libre su frente espaciosa
y blanca, pared de cristal a través de la cual parecen que se filtran los
resplandores de sus vasta inteligencia a circuir sus sienes de un nimbo de
la luz tenue y dulcísima”.
Años después Lisandro Alvarado, uno de sus más brillantes discípulos, se
refiere a él de la siguiente manera:
“Foco de virtudes, ya públicas, ya privadas, luz del saber dechado de
benevolencia, austero sensor de la corrupción... e aquí el compendio, el
hombre a quien se le debe la moral que aún conserva este suelo,...”.
En carta dirigida a Bartolomé Lozada, el 29 de febrero de 1920, el doctor
Alvarado dice de su maestro: “Una especie de demofobia fue en definitiva
el rasgo que más le atraía la atención del público. No osaba salir de su
casa y atravesar las calles de la ciudad, que no fuese por una imperiosa
necesidad, y esa misma necesidad ocurrió muy contadas ocasiones du-
rante su vida. Liberal por tradición, apenas veíamos en él sus discípulos
alguna señal que revelase la influencia más o menos deletérea de las
pasiones políticas reinantes”.
Su otro pupilo, Gil Fortoul dijo de él lo siguiente: “Veo su rostro todo lleno
de generosa bondad; su frente ancha y tersa donde no hubo nunca ni
arruga de bajos pensamientos ni rasgos de bajas pasiones...” “Si con ma-
yor atención nos ocupásemos de las cosas que honran verdaderamente la
patria, el nombre de Don Egidio Montesinos anduviera de boca en boca
en elogios y bendiciones”.
Estos continuos homenajes que llegan al conferimiento de la medalla
de instrucción pública y al otorgamiento de una pensión en 1903 por
el gobierno regional y en 1909 por el gobierno nacional, y su jubilación
definitiva en 1912, se produjeron en el contexto de dolorosas pérdidas
que debilitaron su ya anciana existencia. En 1885 muere su hija Adela,
en 1903 su hijo menor, orgullo de Don Egidio, Francisco, quien apenas
se había graduado de abogado en 1901, en 1904 muere su hija Eudoxia
y en 1912 muere su adorada esposa. Tan solo un año después, el 25 de
julio de 1913, expira el Maestro de Occidente .
El 24 de julio de 1925, a los doce años de su muerte, la Asociación de
los Discípulos y Admiradores de Don Egidio Montesinos (creada en 1919)
coloca una estatua en el Parque La Concordia, frente a su antigua casa,
realizada por el artista larense Julio Arce y fundida en bronce en Italia por
el profesor Garibaldi.
“Más que a Morán celebro a Montesinos, aquel regó laureles en la Guerra,
el otro abrió caminos y es más grande en la vida ser la sal de la Tierra que
las pezuñas en función de heridas” (Mario Aurelio Rojas).
(*)Los autores de este ensayo son historiadores
e investigadores
Ilustración: Dalver Santeliz
Don Egidio fue el Padre intelectual de los que
serían luego eminentes abogados, médicos,
religiosos, escritores y científicos del país
Lamentablemente aun en El Tocuyo poco se le
recuerda y honra, siendo inexistentes los luga-
res públicos o instituciones con su nombre. Al-
gunos erradamente creen que nuestro hospital
Egidio Montesinos Agüero es un reconocimiento
al maestro, cuando en realidad lleva el nombre
de su hijo, afamado y dadivoso médico. Desde
hace años hemos propuesto colocar su nombre
al actual Liceo Eduardo Blanco -la principal
institución educativa del municipio- ya que este
reconocido escritor caraqueño nada tuvo que ver
con nuestra ciudad y fue una decisión arbitraria
del gobierno nacional.
Injusto olvido
Arte
El larense Carlos Medina presenta
su exposición
De lo material a lo
esencial
en Caracas
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